Siempre he tenido en mí poner interés y entusiasmo en lo que quiero, y me ha servido”

Con apenas 18 años cumplidos Aarón Dudamel ya sabía lo que era temer por su seguridad y la de su familia. Los ataques ante las manifestaciones estudiantiles contra el gobierno venezolano y sus ganas de prosperar lo empujaron a coger un avión “a un lugar lo más lejos posible”. Dos años y muchos aprendizajes después, se siente muy a gusto con su nueva vida en Santander. Ha logrado traer con él a su madre, un trabajo fijo, un piso y, lo más importante, la tranquilidad y la seguridad que le permiten volver a vivir y soñar como cualquier chico de su edad.

¿Cómo era tu vida en Venezuela para decidir marcharte?

Yo vivía con mi madre en la ciudad de San Juan de los Morros, estado Guárico, y había empezado mis estudios en Ingeniería Civil. Había un grupo de jóvenes en el que yo participaba, el grupo estudiantil de la Universidad Experimental de los Llanos, que nos manifestábamos en contra del gobierno. Al querer buscar nuestro futuro y mejorar nuestro país, comenzó a haber repercusiones sobre nosotros. Amenazas, golpes, los conductores nos bajaban del autobús, nos escupían…

¿Cuál fue tu reacción ante esa situación?

Cuando vimos que el acoso crecía, hubo tres chicos del grupo que fuimos a poner una denuncia. En la misma Policía Nacional nos estaban esperando, entonces nos dio chance de poner la denuncia, pero por las mismas nos entraron a golpes cuando salimos, delante de la policía, a plena luz del día. A partir de ahí las cosas se fueron complicando. No podía hacer nada ni tenía libertad. Con lo cual yo al cumplir la mayoría de edad decidí dejar mi país. Al saber cómo son nuestros países vecinos, que se parecen mucho al nuestro, no sabía si iba a cambiar mucho mi situación, entonces yo quería buscar un lugar lo más lejos posible.

Y cogiste un avión a Madrid.

Cuando yo cogí el avión no esperaba nada. Mi madre tenía dos conocidos viviendo en España, en Madrid y en Murcia, y eso era todo. Digo “voy a ver cómo es, vamos a ver qué pasa. Supongo que tenga que trabajar, supongo que en algún momento se me dé la oportunidad de estudiar…”. Había comenzado a buscar en internet y averiguar cómo solicitar protección internacional. En el propio aeropuerto fui a inmigración cuando me tocaba, súper nervioso, en un continente totalmente diferente al mío, después de todo el viaje desde allá y solo. Fue una experiencia. Pasé seis días en el aeropuerto, junto a otras tantas personas como yo, hasta que gracias a Dios aprobaron mi solicitud y me dieron una cita con una trabajadora social. Ella me habló de un programa en el que me iban a dar alojamiento, dinero para comida, para vestido y todo mientras consigo el permiso de trabajo.

¿Se pareció la realidad a lo que tú habías imaginado?

En nada. El proceso migratorio es algo muy fuerte, algo que solamente el que lo haya vivido lo va a entender. Porque te puedes encontrar con todo tipo de personas: con personas buenas, con personas malas, por el camino del bien, por el camino del mal… Y tú eres el que decide si te motivas y haces las cosas bien o te desanimas y necesitas más ayuda, y así sucesivamente. Pero nunca es como te imaginas. Cuando la trabajadora social me dijo que solo tenía plazas disponibles en Santander, bueno, en Cianca, y lo buscamos en Google Maps y yo veo que acerca el zoom, y acerca y acerca, y solo se ven 3 casas y alrededor puro monte, me entró una crisis existencial. Me decía “o me regreso para Venezuela, o aquí ¿qué va a ser de mi vida?”. Me mostraron que iba a vivir a 30 km de la civilización… y yo venía de vivir en una ciudad pequeña, pero una ciudad. Estaba en una total incertidumbre.

¿Te tranquilizaste al llegar aquí?

Cuando llegas estás como aturdido, te van a buscar a la estación y los primeros días te cargan de tanta información y son tantas cosas nuevas, que tú lo primero que quieres es descansar. Pero la verdad es que las chicas de la asociación que me iniciaron en el programa se portaron todas a la altura. Recuerdo que me ayudaron incluso a hacer la primera compra el primer día, yo siempre había vivido con mi mamá y no sabía cocinar ni nada. Luego el chico y la chica con los que compartía casa, un árabe que se había criado en Cuba y una colombiana, fueron también muy agradables conmigo desde el principio.

Ahora ya vives en un piso por tu cuenta y llevas año y medio trabajando en la hostelería, ¿estás contento?

Estoy contento y agradecido. Tú imagínate que yo llegué aquí y no sabía hacer un arroz. Comencé a hacer un curso de ayudante de cocina, hice unas prácticas y, según terminé, un amigo me habló de un puesto en otro restaurante conocido del centro. Las chicas de la asociación me ayudaron a enviar el currículum y a los tres días ya estaba trabajando. Me han acogido de yo no saber nada y hoy en día me siento capacitado para trabajar en cualquier otro lugar. He aprendido muchas cosas, he madurado, he crecido, me he hecho profesional en lo que hago y por ello estoy muy agradecido tanto con las personas del restaurante como con las de la asociación.

No habrá sido un camino fácil…

Comencé a trabajar cuando aún no había cumplido los 19 años y, bueno, era muy niño. Hablaba mucho, tenía muchos errores, se me olvidaban las cosas. Y recuerdo que un día que vino la hija de la propietaria me dijo “vas a madurar en 4 meses que te quedan de contrato lo que no has madurado en tu vida”. Y así fue. Se fueron dando oportunidades. Comencé como un ayudante y ahora mismo estoy como encargado de una cocina. Siempre he tenido en mí poner interés y entusiasmo en lo que quiero y me ha servido.

¿Dirías que has tenido suerte?

Yo creo que las voluntades se ganan y las oportunidades hay que saberlas aprovechar. Pero si tú no pones de tu parte esfuerzo, dedicación e insistencia con lo que quieras, no lo logras. También tener un poquito de gracia y saberte ganar las cosas, porque he aprendido que nadie te regala nada como tal. Hoy en día con personas que al inicio me llevaba mal en el área laboral, por ejemplo, las respeto mucho y las quiero mucho. ¿Por qué? Porque me han enseñado. Hay que saber escuchar y tomar la opinión de cualquier persona.

¿Qué es lo que más echas de menos de Venezuela?

Mi familia, mi cultura, mi casa... Lo importante que es la compañía de tu familia de sangre. Eso es lo más fuerte de este proceso, el que no tienes a nadie al que le duela por lo que estás pasando, que le duela porque es tu sangre. Alguien que te vio nacer, crecer…

¿Y lo que más disfrutas de tu vida aquí?

La tranquilidad, sin duda. Hay una buena calidad de vida en el sentido de que tienes la seguridad de que puedes ir a las 3 de la mañana caminando por la calle con el móvil, o solo, o ebrio o como quieras andar, y no te va a pasar nada. En cambio, en mi país, tú vas a cualquier hora del día con un móvil y te matan por quitarte el móvil. También ese respeto que tienen a que no te van a agredir por tu opinión. A mí me pasó que fui cohibido de mis propias opiniones, que ya no podía darlas no por el qué dirán, sino por los golpes que me podía llevar.

Entonces, ¿volverías a emigrar?

Uff… Yo hoy en día recuerdo todas las cosas que pasaron en este tiempo y me pregunto “¿cómo lo logré?”. Porque en una conversación como ésta omites un montón de cosas, cosas del día a día que te pasan, pero cosas fuertes, que te ayudan a crecer, a madurar y a valorar todo lo que hoy en día has logrado. Yo llevo dos años aquí y me siento súper a gusto conmigo mismo. Gracias a Dios ya tengo a mi madre conmigo, estoy viviendo bien, tengo mi buen piso y no me hace falta nada de primera necesidad. Estoy agradecido con mi madre por su apoyo y con las personas que me he topado, y pienso seguir adelante.

En esos planes de futuro, ¿dónde te ves de aquí a unos años?

Con el favor de Dios, graduado y siendo un profesional universitario, porque yo pude comenzar mis estudios de ingeniero en Venezuela y pienso terminarlos aquí. Y más adelante… Bueno, todavía soy muy joven, tengo 20 años. Pero sí querría más adelante formar aquí en Santander una familia con la persona indicada que se me presente.

Ilustración de Paula Vallar Gárate

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