“Me gustaría montar un negocio de programación, me divierte y no me deja pensar en preocupaciones”

Arash Nazirpour lleva 15 meses en España y está convencido de que es el lugar donde quiere fundar una nueva vida. Le costó solo una semana decidirse a abandonar su Teherán natal y organizar el viaje, pero tuvo que pasar 4 largos años en Turquía hasta que se presentó la oportunidad de entrar en Europa gracias a un programa de Naciones Unidas. Ahora disfruta como un niño de la libertad y seguridad que le ofrece Bilbao y está entusiasmado por empezar su primer trabajo como programador para una empresa de ciberseguridad.

¿De dónde nace tu pasión por la programación?

Durante el tiempo que pasé en Turquía, aparte de trabajar en un restaurante y como vendedor ambulante con una motocicleta, estudiaba programación en mi tiempo libre. Me gustaba y conseguí aprender mucho de forma autodidacta. Entonces aquí en el País Vasco quise estudiar de nuevo y hacerlo de forma reglada, que era algo nuevo para mí.

¿Cómo lo conseguiste?

Descubrí en internet el BBK Bootcamp y me pareció muy interesante, pero costaba 3.000 euros que yo no podía pagar. Afortunadamente, conseguí una de las becas que daban y que la asociación que me asiste con el programa de asilo y protección internacional pusiera el resto. En el curso aprendí cosas nuevas y conocí una gente maravillosa. Me encantó la experiencia de tener un profesor y todos me ayudaron mucho. No solo académicamente, sino a aprender español, a moverme por aquí, a sentirme cómodo.

Ahora he encontrado un puesto en una empresa de ciberseguridad y estoy muy emocionado por empezar. Para mí no es un trabajo. Me divierte y no me hace pensar en preocupaciones o problemas. Por eso en el futuro me gustaría montar mi propio negocio.

¿Te gusta la vida en Bilbao?

Me encanta la vida en Bilbao. Diría que me gusta todo de aquí, pero sobre todo el tiempo. Me gusta mucho la lluvia. Es una ciudad maravillosa y me siento muy integrado.

¿Ha sido así desde el principio?

La verdad es que no. Recuerdo que me chocó mucho la llegada al centro de refugiados en Arrigorriaga. Nos sentíamos tratados como si no hubiéramos llegado hasta aquí de forma legal… y de hecho convivíamos con personas que habían entrado al país irregularmente. Entonces te daba pie a pensar que habías estado esperando tu oportunidad tantos años, e igual tenías que haberlo hecho de otra forma, porque iba a dar igual. Es verdad que entrar en Europa de forma ilegal es más peligroso, pero los refugiados como yo en ese momento sentimos que no tenemos nada que perder. Solo ahora, que tengo la residencia y el permiso de trabajo, me doy cuenta del beneficio de haber entrado al país de forma regular.

Aparte, el ambiente en el centro era un poco tenso, había personas que se ponían nerviosas y se peleaban, y yo lo que siempre estaba buscando era paz y tranquilidad. También es verdad que cuando llegué desde Turquía tenía tantas experiencias malas allí que estaba un poco a la defensiva, no me abría a nadie.

Poco a poco fui recuperando la confianza y ya aquí, cuando me pude mudar a Bilbao a mi propio piso, he conocido a más gente y todo el mundo me ha tratado muy bien.

¿Qué fue lo que te empujó a irte de Irán?

Es una larga historia, pero todo gira en torno a mi condición de persona LGTB. Desde muy joven tuve clara mi identidad y orientación sexual, pero desde que lo reconocí mis problemas empezaron a molestar a mi familia. No era tanto por fundamentalismo religioso, sino que las diferentes expresiones sexuales y de género no son algo conocido en Irán y la gente no lo puede entender. Entonces, por ejemplo, mi padre se preocupaba mucho más por lo que pensasen los vecinos que yo.

Es por eso que pasé temporadas largas en la ciudad de Rasht con un tío mío de mentalidad más abierta, pero cada vez que volvía con mi familia a Teherán me costaba mucho. Nunca olvidaré la forma en que a veces me humillaron otros hombres, incluso trabajadores de las instituciones públicas. No podía seguir así: la mirada de la gente, las cosas que mi padre todavía de vez en cuando me decía…

¿Fue difícil llevarlo a cabo?

Me contactó por Facebook un chico iraní que vivía en Holanda para decirme que él era “como yo” y empezamos a escribirnos mensajes y entablar una amistad. Cuando nos conocimos más, me dijo que debía irme de Irán, que en Europa se vivía mejor, que él estaba muy bien. Entonces me puso en contacto con una amiga suya en Turquía que me podría ayudar, ya que era el único país que no nos pedía visado. Creo que en una sola semana decidí salir del país y lo organicé todo. A algunos amigos les conté que me iba, pero a otros ni siquiera.

Luego en Turquía las cosas no fueron como esperaba. Allí por fin no me conocían y no me discriminaban por mi identidad, pero me discriminaban como refugiado. Además, no teníamos permiso para trabajar, entonces estábamos siempre pendientes de la policía. Fueron 4 años muy duros. Estuve a punto de ir a Estados Unidos y a Canadá, pero ambos programas se cancelaron. Hasta que de repente me llamaron de Naciones Unidas y me dijeron que, si me interesaba, España estaba acogiendo refugiados. Dije que por supuesto, y eso que no sabía absolutamente nada de España: nada de idioma, nada de nada. Eso me daba mucho miedo.

¡Pero tu español es muy bueno!

En cuanto supe que venía me puse a buscar películas y vídeos en español en el ordenador para estudiar. También me centré mucho en aprender español durante el tiempo que estuve en el centro de Arrigorriaga. Creo que desde el principio he ido cogiendo y repitiendo todo lo que me decían, así que enseguida lo hablaba.

Has sacado cosas positivas de todo este viaje.

Hace tres años que no veo a mi madre y cinco que no veo al resto de mi familia. Eso no lo llevo bien, claro, y estoy deseando que vengan a verme aquí. Pero son lo único que echo de menos de Irán. No echo de menos nada.

Me parece que los españoles no ven las cosas de forma muy positiva. Yo, ahora por lo menos, con todas las cosas que he vivido, soy más optimista. A veces la gente no aprecia lo que tiene y no pueden imaginar cómo es no tenerlo.

Cuando llegamos a España, por ejemplo, todo el rato nos decían que la economía estaba mal, que no había trabajo… y eso nos generaba mucho estrés. Pero yo como refugiado me esfuerzo mucho para hacer lo que quiero hacer, lo que me encanta, y ya he conseguido un trabajo en el que voy a empezar el mes próximo.

Estoy muy feliz con mi nueva vida y aquí me quiero quedar.

Ilustración de Paula Vallar Gárate para la campaña "Historias de migración"

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