Una reflexión sobre las condiciones del proceso migratorio de las mujeres

En el marco del Día Internacional de la Mujer queremos poner el foco en las mujeres que migran. Tanto las que huyen de conflictos armados o persecución (refugiadas), como quienes eligen salir de su país buscando mejorar sus condiciones de vida (migrante). Todas ellas enfrentan un largo viaje condicionado por un fenómeno profundamente arraigado en la sociedad: la desigualdad de género.

#8M #Migración #Refugio #Desigualdad de #Género

Empecemos por el principio: las personas que migran, ¿no son en su mayoría hombres?

No, la migración no es exclusiva de los hombres. Según datos de Naciones Unidas, casi la mitad de la población mundial de migrantes internacionales son mujeres. De hecho, ya se habla de la “feminización de las migraciones”, promovida por la globalización mundial y el incremento de la pobreza en muchos países.

Históricamente, la falta de datos desagregados por sexo, ha invisibilizado la migración de las mujeres. Sin embargo, hemos observado que, por ejemplo, las mujeres latinoamericanas migran más que los hombres; en el caso del continente africano, migran tantas mujeres como hombres; y en el caso de los países de Europa del Este, sin embargo, migran o bien en unidades familiares o bien es el hombre la punta de lanza.

Por tanto, no sólo migran los hombres. Eso está claro.

Por otro lado, desde hace algunos años el fenómeno migratorio se ha ido estudiando y caracterizando, de manera que ahora podemos decir no sólo que las mujeres migran tanto como los hombres, sino que los procesos migratorios no son iguales para hombres que para mujeres y, aún más importante, que es el género lo que determina la situación de partida, las condiciones en el proceso de tránsito y las oportunidades en el país de acogida. Y esto es crucial.

¿De qué manera el factor género determina la experiencia migratoria?

Que el género es una construcción social que coloca a las mujeres en una situación de desventaja con respecto a los hombres es un hecho ya indiscutible. Por tanto, podemos decir que la mujer que migra (o que sufre desplazamiento forzado), debe enfrentarse a una situación en la que será discriminada o verá vulnerados sus derechos fundamentales, por ser migrante y, también, por ser mujer.

Esta doble vulnerabilidad, expone a las mujeres a encontrar muchas dificultades que pueden hacer fracasar el proyecto migratorio.

El ejemplo más claro es el de la violencia de género. Cuando hablamos de mujeres que emigran de países en conflicto, por ejemplo, nos encontramos a muchas mujeres que en su trayecto son violadas, explotadas y/o traficadas. Según datos oficiales, 2 de cada 3 personas víctimas de tráfico o comercio ilegal de seres humanos, son mujeres. Además, esta cifra aumenta a más del 90% si hablamos de tráfico con fines de explotación sexual, donde el 74% de las mujeres son menores de 25 años y 1 de 4 son menores de edad.

Contadnos, ¿cómo es el proceso migratorio femenino?

Aunque cada proceso es distinto, se observan situaciones, escenarios o circunstancias en el proceso migratorio que se repiten, que son una constante, y donde, como digo, el factor género es determinante.

Para empezar, es un hecho que las mujeres migrantes se enfrentan a un viaje peligroso que las expone a múltiples situaciones de violencia (violaciones, trabajo forzado o captación de redes para la explotación sexual, entre otros).

Durante el viaje y al llegar al país de acogida es muy seguro que acaben trabajando en sectores muy desfavorecidos, en condiciones muy precarias, que ralentizan el proceso de autonomía e independencia. Se sabe que hay una concentración de mujeres en sectores tradicionalmente feminizados que no ofrecen todas las garantías (seguridad social), están mal pagados y no son valorados por la comunidad o la familia.

Incluso las mujeres migrantes (o refugiadas) con una formación académica muy alta, grados y másteres, al llegar a España difícilmente acceden a trabajos cualificados. La oportunidad para todas, sin distinción, está en los trabajos feminizados: empleadas del hogar, cuidadoras de ancianos, hostelería…

Por otro lado, la mayoría de las mujeres llevan consigo la carga familiar. Algunas viajan con hijos e hijas; otras han dejado a su familia a cargo de otras personas -mujeres en su mayoría (abuelas, tías, hermanas)-, pero se responsabilizan de proveer y enviar remesas.

También ocurre que la mayoría de las mujeres cargan con el dolor de haber “dejado” a su familia en su país. Un asunto que va minando su ánimo y puede afectar a su salud física y/o psicológica.

Además, algunas mujeres sufren toda esta situación en silencio, pintando a sus familiares un paisaje inexistente, muy diferente a la realidad, con la finalidad de no preocuparles. Entre ellas, mujeres que están esclavizadas como internas o son víctimas de trata y/o explotación sexual.

Por último, sabemos que las expectativas iniciales de la mujer que migra -consciente de las desigualdades que ha encarnado toda su vida por el hecho de ser mujer- son claramente más bajas que las de los hombres.

La migración, ¿tiene potencial emancipador para las mujeres?

Sí, por supuesto. En Nueva Vida conocemos muchas mujeres que han alcanzado una plena autonomía. Y que además son reconocidas por ello, tanto por su familia como por la comunidad. ¡También decimos, que les ha costado un doble esfuerzo!

Hemos visto mujeres emancipadas de un lastre de años de cultura machista, emancipadas de la educación materna y paterna, emancipadas de un agotador papel de mujer abnegada y un prototipo que te dicta cómo ser buena mujer.

No es un proceso fácil. Todo lo contrario. Por suerte, muchas de ellas son acompañadas en el camino. Por otras mujeres, otras migrantes o refugiadas, instituciones, asociaciones… Finalmente, muchas mujeres salen adelante y encuentran aquí su nuevo hogar o su segunda casa.

Contenido: Asociación Nueva Vida – Fotografías: Ana Blanco

Desde aquí mandamos un agradecimiento especial a las mujeres que han colaborado en la campaña.

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